Querido Francisco, ¡Dios!, ¡Dios! Francisco, fuiste un implacable talador. Quemaste, barriste, demoliste casa, dinero, padres, posición social. Avanzaste hacia latitudes más profundas: venciste el ridículo, el miedo al desprestigio. Escalaste la cumbre más alta de la Perfecta Alegría. Te despojaste de todo para que Dios fuera tu Todo. Pero si en este momento reina alguna sombra en tus habitaciones, es señal de que estás prendido a algo y de que Dios todavía no es tu Todo: de ahí tu tristeza. En suma, es señal de que has catalogado como obra de Dios lo que en realidad es obra tuya.
Para la Perfecta Alegría sólo te hace falta una cosa: desprenderte de la obra de Dios y quedarte con Dios mismo, completamente desnudo. Todavía no eres completamente pobre, hermano Francisco; y por eso todavía no eres completamente libre y feliz. Suéltate de ti mismo y da el salto mortal: Dios es y basta. Suéltate de tu ideal y asume gozoso y feliz esta Realidad que supera toda realidad: Dios es y basta. Entonces sabrás qué es la Perfecta Alegría, la Perfecta Libertad y la Perfecta Felicidad. Dios es y basta, repetía sollozando el Hermano. Se levantó despacito, sin alzar los ojos del suelo, abrumado de felicidad, y dijo por última vez: Dios es y basta. Esta es la Perfecta Alegría
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